El vendedor de flores


          Cierta vez mi marido y yo, en un establecimiento lleno de gente, observamos  a un hombrecito que, entre las mesas, intentaba vender algunas flores posiblemente por él cortadas. Era tan feo que la gente no llegaba siquiera a mirarlo. En ademanes despectivos, le ordenaban que se retirara. El desafortunado, que apenas superaba el metro de altura a causa de una deformidad en la espalda, probablemente tenía además alguna enfermedad en la piel, pues mostraba verrugas e inflamaciones en toda la zona visible. La gente, disfrutando en las mesas junto a sus familiares y amigos, simplemente lo ignoraban; más al aproximarse él, como si de un sarnoso perro se tratara, lo echaban con gestos de repugnancia.
 
     
          Cuando al fin se nos acercó, superamos la miserable tendencia  por la cual nos separarnos de lo que nos da miedo, de lo diferente. No quería más que ganar unas monedas por su digno trabajo. Dialogamos tan solo unos minutos y, mirándolo a los ojos, buscando quién había detrás, alcancé al ser, su ser... escondido tras aquella mirada; muy escondido, temeroso y herido. Más allá de su forma lo encontré. Había un ser humano muy solo..., muy solo.
          Cuando se fue, algo de mí se fue con él. No entendí cómo a nuestro alrededor la gente seguía riendo feliz junto a los suyos...

          No entendí...
                    No entiendo...






###