Las sociedades democráticas enarbolan la sinceridad como una inestimable virtud,
y la libertad de expresión como uno de los bienes más preciados de tal doctrina.
 
¿Qué es la sinceridad?
Si es la expresión del alma, en toda su nobleza, orientada a la creación de alguna realidad
más virtuosa que ella misma,
he de decir que mi alma danzaría dichosa
en un mundo así; pero la sinceridad,
en el confundido pensamiento actual,
es la escupida arrojada al otro, sin previa digestión;
es el vómito incapaz de tragarse, vertido al exterior,
cuyo ácido lacera sentimientos ajenos.
La farsa de todo esto radica en el hecho de que
 el hombre de hoy,
se escuda en lo que considera virtuosa sinceridad,
y se marcha tras el alivio al desocupar su estómago,
dejando a quien escucha, la tarea
de tener que vérselas con su inaguantable franqueza.
 
¿Qué es la libertad de expresión?
Si el mundo de hoy entendiera lo que realmente es, haría uso de dicha libertad,
con la nobleza que la palabra "libertad" significa.
Pero el hombre no sabe vivir en democracia, sin abusar del privilegio de vivir en tal sistema.
¿Por qué el hecho de pronunciarse contra la homosexualidad, e incluso
incitar a la burla o a su desprecio, no se considera libre expresión?
¿Por qué cualquier manifestación que contradiga la igualdad sexual
no es tomada tampoco como libertad de expresión?
¿Por qué no se permite la expresión de ideas que marquen las diferencias raciales?
Todo tiene una única respuesta:
Porque implica un daño moral; porque incita al odio, la discriminación y la violencia.
 
Si tanto se lucha por la libertad de expresión...
¿Por qué entonces no cae bajo la misma limitación, cualquier manifestación burlesca sobre el credo ajeno?
¿Aguantaría acaso, la religión occidental, una burla gráfica de su dios crucificado, rodeado de curiosos partidos de la risa?
 
Desprecio profundamente la respuesta ciega, intolerante y fanática de algunas mentes
autoproclamadas representantes de la religión damnificada,
pero rechazo igualmente la estupidez de burlarse de otros credos, bajo el escudo de la libertad de expresión,
sabiendo que las mayores desgracias, en la historia de la humanidad, han nacido de la religión.
 
Si seguimos con el cuento de la libertad de expresión, libertad que nadie sabe ejercer con responsabilidad,
al menos habría que meterse con algún tótem africano. Sería menos estúpido!
 
El pueblo, ávido de seguir expresándose, sale a manifestarse con pancartas que, a las claras, exige el derecho
de persistir en su burla hacia la sensibilidad de otros con sus dioses, y proclaman por la democracia.
Y los gobiernos, ávidos de cercenar derechos, aprovechan la situación conflictiva,
para continuar con sus prácticas de "recortes" que le permiten ejercer mayor dominio sobre el pueblo.
Vaya mundo!!!