Por casualidad encontré en la red esta bella imagen, y vino a mi memoria el recuerdo de Isabel. ¿Qué habrá sido de ella?
 
               Isabel trabajaba en casa, cuando yo era pequeña. Tenía siete hijos y un marido entregado al alcohol. Seguramente él usaría parte del dinero que ella ganaba con esfuerzo, pues no trabajaba. Posiblemente también la maltrataría.
 
               Isabel vivía a las afueras de la ciudad, en un ranchito de bloques de ladrillo, probablemente superpuestos, con techo de chapa y suelo de tierra. En su vecindad habitaba mucha gente con la misma suerte; lejos de la urbe,  bajando hacia ella como fantasmas sin rostro en busca del trabajo que les otorgaría las pocas monedas para sus familias.
 
               Isabel era alta y flaca. La piel se le pegaba a los huesos, y sin embargo era fuerte. Siempre sonreía, mirándome con ternura, a pesar de mis gestos de estúpida niña caprichosa. Ella lavaba la ropa de mi familia, como se hacía antes, con las manos. Refregaba cada prenda con sus puños huesudos y cansados, sumergiendo mil veces sus manos en aquellas aguas jabonosas, mientras yo, ignorante de su vida y su presencia, disfrutaba de la comodidad del hogar que mis padres forjaron. Cuántas veces, a fin de evitar el tener que guardar mis ropas, se las daba a Isabel para que las lavara . Y ella siempre las recibía, con su tímida sonrisa.
 
               Isabel guardaba para nosotros la lealtad  que escasa vez volví a encontrar en mi camino.  Aunque la sonrisa jamás le faltó, tenía siempre una mirada triste. Sus ojos reflejaban la fatiga, la tristeza, la resignación...
 
               Estuvo en mi familia hasta mi adolescencia, siempre silenciosa, siempre trabajando en nuestras cosas; más yo no la veía. No podía verla!. No sabía verla!. Mi vieja Isabel... ¡cómo estarás ahora, con tus blancos cabellos, viejecita y castigada! Mi hermosa Isabel! Mi pequeña viejecita luchadora! La vida no supo sonreírte!. Y yo tampoco!. Daría lo que fuera por arrodillarme ante ti...
 
               Mi ciega y conflictiva adolescencia jamás me permitió ver nada más que a mi misma.  Cuando Isabel me hablaba, o tal vez cuando quería interesarse por mis estudios, sus preguntas me molestaban, pues me obligaba a salir del centro de mi misma, para prestarle atención. Si bien jamás me hubiera atrevido a contestarle mal, pues fui educada a la antigua usanza,  mis gestos de imbécil aspirante a burguesa, delataban mi desagrado. Estuve dormida durante décadas y no alcanzo a comprender cómo es que nadie pudo despertarme!.
 
               Paradójicamente he tenido siempre extrema sensibilidad frente al dolor ajeno, pero en aquellos años, en esos donde comencé a poner los cimientos de quien soy, no había terreno firme en mi mundo interior. Tampoco lo había en mi hogar.  ¿Lo sabría Isabel? ¿Cómo es que, a pesar de mi displicencia, ella siempre me regalaba una sonrisa? Mi hermosa viejita...
 
               Los miles y miles de kilómetros que me separan de ti, jamás enterrarán tu recuerdo; y si de algo te sirve, he de contarte que, desde hace algunos años, cuando desperté a la realidad de este mundo, consagré mi vida a enmendar, en cada persona que encontré en el camino, mi despreciable indiferencia hacia ti, en tu nombre, viejita mía, para , quizás a lo mejor, curar en cada uno de esos corazones, las heridas de tu propia vida.
 
               A lo mejor si pudieras verme hoy..., estarías orgullosa de mi, a pesar de todo!